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¿A qué saben los besos?

¿A qué saben los besos?, ¿Qué forma tienen?, ¿Dónde se van los que no damos?,  ¿Dónde se esconden los que no vemos?, ¿Les has visto volar en el cielo de tu boca?, ¿Cómo es besar con la boca llena de palabras bellas? ¿Pueden partir de un plato? ¿Puedo llenar con ellos una olla, hervirlos al vapor, untarlos en deseo? ¿Existen besos con gabardina? ¿Y besos batidos detox? ¿Mmmmm y qué pasa con los besos que bailan en la punta de la lengua?

Desde que Mugaritz incorporó las golosinas en su reflexión gastronómica y lanzó la primera de estas preguntas al aire, besar se ha llenado de interrogantes jugosos. Hasta ahora parecía que las chucherías inspiraban sólo a las personas golosas pero queda demostrado que también las chef amantes, los cocineros mimosos, las groumets cariñosas y los someliers sensuales se pueden perder por estos azucarados guiños.

Líquidos y sólidos, despiertan al contacto con nuestros platos al final de una experiencia gastronómica, cuando el hambre ya está saciada y el paladar parece que no puede prestar más atención a lo que se le ofrece. Es en ese momento de relax, precisamente, cuando las conversaciones se alargan retrasando las despedidas y los comensales relamen la celebración del encuentro, cuando le llega el tiempo de jugar con los postres.

Jugar también es comestible. Los confites demuestran que la boca siempre ha estado llena de secretos dulces y permiten que quien los cocine los haga renacer en nuestro paladar. Allí aparecen los besos que sabemos y los que no
imaginábamos, dulces, amargos, salados, secos, picantes, sabrosos, besos de todos los colores, líquidos y harinosos, besos a rabiar o a relamer, besos gorgoritos, espumosos, chispeantes, besos y más besos. Cada uno de ellos tiene su propio grado de hervor, su punto de sal, su especie mejor avenida. De todos, los que se deslizan por el gaznate como un buen vino y los que se llevan enganchados entre los dientes como un amuleto de amor son mis preferidos; los primeros porque terminan formando parte de tí e incluso a veces se te suben a la cabeza. Los segundos porque no te abandonan, como una insistente memoria de los placeres vividos.

Unos y otros despiertan en nuestro paladar con alegría gracias a que las golosinas son capaces de enlazar color, sabor e instantes. Incorporarlas con maestría en el menú permite que esos gozos que nos acompañan desde la infancia aparezcan de forma sensual. Así, nuestra parte niña y nuestra parte amante se sientan en la misma mesa y juegan a lo que no está escrito.

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